Musicircus

Esto no es una crítica. No es un comentario. No es una descripción detallada ni generalizada.
Éste es sólo uno de los cientos de fragmentos de una obra llamada Musicircus, cuyos autores, compositores, artistas, intérpretes e instrumentos fuimos todos.
Existe la idea generalizada de que una utopía es un proyecto imposible de realizar. Sin embargo, la calurosa tarde del domingo 9 de noviembre al darse inicio al Musicircus, los metrónomos internos de cada una de las cientos de personas ahí presentes comenzaron a andar.
Creo que nadie sabía realmente qué es lo que iba a suceder o cómo se iría dando todo cuando el Musicircus comenzara. La única certeza que tuve fue que cuando empezó, yo ya era parte de ese todo. Algo o alguien presionó play en mí y mientras me movía, aturdida por el escándalo de sonidos en el que estaba envuelta, tomé conciencia de que no sólo mis oídos sino que el cuerpo completo tenía que ponerse a trabajar. Cómo y qué elegir ver y escuchar dependía de la posición en la que estaba, de la inclinación de mi cabeza, de la coordinación entre oídos y mente, de cuánto lograra avanzar entre el gentío o de las personas que me pasaran a llevar o me empujaran, obligándome a avanzar por ese invisible pentagrama que nos rodeaba, pero por sobre todo, dependía de mi actitud.
Así, fue una liberación de cánones predeterminados. Una suerte de anarquía donde la única opción que encontré fue la de escoger y seleccionar con todo mi organismo y empezar a viajar.
Estuve dentro y fuera de lo que sucedía al mismo tiempo. A ratos me sentía una intrusa presenciando el mito creacional de la música, con sus disonancias, encuentros y desencuentros, notas que no llegaban a materializarse y compases audaces e impertinentes que se fundían en silencios inaudibles. Con sus aciertos y desaciertos, intentos fallidos y exitosos, como toda creación que se asoma por primera vez.
Fui a un concierto en el que compré entrada para todas las ubicaciones. Estuve en cancha, en platea baja, alta y lateral, en backstage, en cancha vip y estuve en última fila tratando de colarme por un mejor lugar.
Escuché las voces de las ciudades del mundo. Paseé por distintas épocas. Vi el nacimiento y el abandono de la radio, canté a los Beatles mirando un ukelele y en una esquina me asustó Edgar Allan Poe. Miré a los ojos a una cantante mientras ella me miraba a los ojos viéndola cantar. Fui micrófono y amplificador de guitarras o de pianos en una impertinente cercanía con los instrumentos y sus ejecutores, donde nos necesitábamos para saber que aún seguíamos sonando.
Vi al arte y a la vida unidos como debió ser en un principio, antes de que separáramos y clasificáramos al arte del mundo y de las cosas. Antes de que necesitáramos entender, en un después donde el caos parecía ser la lógica reinante.
Volví a ser una niña cuando me pareció que la mejor manera de escuchar el bajo era acostarse en el suelo, reír y aplaudir; cuando le dije a una de las integrantes de Mazapán que habían musicalizado mi infancia y cuando jugué con un amigo a recrear una batalla intergaláctica con los pósters enrollados de Musicircus, al lado de esa atemorizante máquina de sonidos que estaba ubicada al centro.
Yo no sé qué fue lo que tú viste, que hiciste, no sé cómo sonabas o quizá sí. Pero cuando terminó, el aplauso fue para ti, fue para mí, para todos los que estaban, los que ya se habían ido y para esta gran obra llamada a veces arte y a veces vida, que no deja nunca de sonar.
bonustrack El término Musicircus deriva de la unión entre las palabras música y circo. El primero en realizar uno fue el compositor estadounidense John Cage (1919-1992), en la Universidad de Illinois en Estados Unidos en 1967, donde incluyó bandas de jazz, pianistas, bailarines, mimos, cantantes, proyecciones de películas y diapositivas, globos, sidra y palomitas de maíz.
En nuestro país la experiencia se llevó a cabo únicamente con manifestaciones musicales y sonoras, con la participación unísona de más de 150 músicos en 61 estilos diferentes que tocaron durante dos horas. El toque circense lo dieron las palomitas de maíz, mote con huesillo, maní confitado, algodón de azúcar y muchísimas cintas de papeles blancos y rojos que emulaban una carpa de circo. No sólo fue el primer Musicircus realizado en Chile, sino también el primero de Latinoamérica.
Aunque se dice que el Musicircus del ’67 realizado por Cage puede considerarse como el primer Happening, lo cierto es que esta manifestación artística multidisciplinaria surgió en la década del ’50.
La propuesta original del happening artístico plantea la producción de una obra de arte que no esté focalizada en los objetos sino que en el evento mismo y en la participación de los espectadores, para que dejen de ser pasivos y con su actividad alcancen una liberación a través de la expresión emotiva y de la representación colectiva.
Aunque se suele confundir el happening con la perfomance - y aunque ambas manifestaciones están ligadas al arte conceptual-, la diferencia radica en la improvisación e imprevisibilidad del happening respecto a la performance, que es una acción de arte en vivo.
November 13th, 2008 at 6:10 pm
Creo que unas de las claves de Musicircus fue que el espectador tuvo la oportunidad de acercarse a una manifestación musical usando sentidos distintos al oído. Así, la gente funcionó bajo un proceso de selección natural. Lo estrafalario y lo visualmente atractivo se hizo notar y, como costaba distinguir la música, al final los que elegían eran los ojos.
Por eso, los intérpretes de instrumentos curiosos (theremin, serrucho, timbres y copas) atraían tanto como ritmos que se supone son más populares.
A ratos el Musicircus funcionó como Musizoo. De esta forma, tal como cuando pasas por la jaula de los leones y los ves tumbados, sin señales de que se puedan levantar a hacer una gracia, también podía ser que el Rey Elvis acabara de cantar y estuviera parloteando en el pasillo, o que en donde supuestamente debería haber un músico tocando no encontraras nada, tal como cuando el hipopótamo simplemente no quiere asomar más que su nariz del agua.
Fue tanto lo que pasó y tan personal que todos quienes llegaron hasta el Centro de Extensión de la Universidad Católica podrían contar cosas diferentes. Para mi, el minuto de mayor satisfacción fue el siguiente:
Llegué donde estaba Mazapán y las encontré jugando al teléfono. Estaban a punto de empezar a cantar, pero el sonido ambiente era tal que no lograban ponerse de acuerdo en que tocar. Finalmente cantaron En La Colina y cuando terminaron sacaron aplausos. Ellas también estaban contentas por haberlo logrado y se felicitaban mutuamente por la proeza de completar el tema en un ambiente que intentába comérselas por todos lados.
Y eso que a su lado tenían a Rogelio González (representante de la dirección orquestal), que movía su batuta sin emitir sonido alguno.
Fue uno de esos momentos mágicos que, a veces, regalan las artes
November 14th, 2008 at 2:38 pm
Poetico Relato de Maria! Fabulosa lectura!
Para mi el Musicircus fue de los mejores “experimentos” de los que he participado. Conmovio mi mente y corazon. Ya despues de finalizado, mi cuerpo quedo pasmado y agotado por semejante masa de vibraciones constantes, simultaneas y a distintas frecuencias. El agua en mi cuerpo quedo inquieta por horas, hasta dias, cual marejada invernal… de hecho volvio a la calma dejando un sentimiento calido de orgullo en las profundidades.
November 15th, 2008 at 1:03 pm
La piedra cae en el agua, los círculos se propagan; se pierden en el futuro que se repite como en el pasado que inventan; se pierden pero no desaparecen.
La capacidad generadora del Musicircus es tal que todavía seguimos intentando entender, discernir qué fue lo que fue ese día. Seguimos discutiendo cuáles son las lecturas posibles y hemos sondeado nuestra sociedad, nuestro arte, nuestros cuerpos, nuestras ideas y a nosotros mismos a partir de él.
Me encantó lo que escribiste María.
También me encantó eso de estar acostada en el piso
sintiendo la música como un temblor.
Gracias por tus palabras.
Y tienes toda la razón, fuimos todos.
November 16th, 2008 at 10:32 pm
Hasta hoy me cabe una duda, que en su momento comenté a María, y que todavía no logro resolver: ¿Por qué la insistencia del espectador (nosotros, todos) de seleccionar con la presencia, la mirada y el oído algún sonido reconocible, alguna melodía, alguna canción o tonada? ¿Será acaso, tal como con las artes visuales, que requerimos con premura frente a lo caótico y polisémico, tranquilizar a la razón brindándole la estabilidad de un sentido? ¿Por qué frente a una performance, una instalación, o una pintura no mimética ni narrativa, la mente intenta brindarle un significado mediante los ojos? Y, finalmente nosotros, buscábamos encontrar un sentido a través del oído, construyendo rutas y recorridos en el espacio, “vitrineando”, cuando quizá la propia marea ruidosa que inundaba el entorno “era en sí” lo que debíamos escuchar.
De todos modos estoy sumamente agradecido de haber contado con la mejor compañera en aquel sendero, con quien codo a codo nos hicimos paso entre la muchedumbre, coreando canciones de The Beatles y sintiendo en el cuerpo recostado las vibraciones de un bajo.